No sé si soy yo y mi carácter poco asertivo e introvertido, el que me hace no encajar en el mundo laboral actual que tiende incluso en el ámbito académico al postureo, la extroversión, lo chillón y superficial, pero no soy una buena líder de equipos últimamente, pero yo creo que es más bien por incompatibilidad de caracteres con las nuevas generaciones o los caracteres que me han metido en el seminario de investigación los últimos años.

Estos pertenecen a la ley del mínimo esfuerzo y al tengo derecho a todo. Cuando el antiguo jefe de grupo me llamó al despacho para invitarme a aceptar quedarme en este seminario en lugar de aprovechar la mudanza de otro compañero del despacho compartido de profesores del grupo enfrente al piso -2, por sus problemas con la mascarilla, me aseguró que tendría voz en la gente que metiesen en este seminario, puesto que es para investigadores y hay 6 puestos. Pues no, no lo tengo. Hace casi dos años metieron a dos extranjeros que estaban de estancia de tesis, de otros grupos de investigación, y yo les acogí como me gustaba que me acogiesen a mí cuando llegaba a un sitio nuevo a trabajar en investigación: les expliqué cosas de Santander, les presté una taza para el café, les presenté a todo el mundo que pasaba. Una empresa de servicios de laboratorio me regaló un calendario para escribir con rotulador, y lo compartí para no solaparnos en reuniones virtuales y demás entre los usuarios del despacho.
Estos dos correspondieron ignorando por todo lo alto este calendario. Cuando tenían reuniones virtuales hablaban a grito pelado sin dejar trabajar a los demás. Los estudiantes de doctorado se iban en esos momentos al laboratorio, pero yo tenía que hacer cosas en el ordenador y no podía. Cuando les pedí que moderasen el tono de voz, que había más gente trabajando, me dijeron literalmente que "su trabajo valía más que el mío y que me estuviese calladita".
Cuando llegó el invierno y las vacaciones de Navidad, empezaron a estornudar sin taparse la boca, llenando el despacho de olor a mocos y saliva. Yo les pedí que cuidasen la salud de los compañeros y se pusiesen mascarilla o pidiesen autorización a sus jefes (de otros grupos) para teletrabajar puesto que no hacían nada experimental (uno de ellos estaba todo el rato con el wasap abierto en el ordenador). Se rieron de mí y no hicieron nada. Empecé a abrir la ventana a pesar de que hacía frío, y me traje los guantes de escribir, y me disculpé con los demás que no dijeron nada. No dicen nada, pero se quejan a sus espaldas.
Yo puedo acusarle de machista en cualquier caso, porque desde que le
pedí que tuviese cuidado porque venía mi hermana inmuno-deprimida y no
quería llevar virus a casa, me ha ninguneado sin tapujos, se ganó hasta
la doctoranda cuando esta se enfurruñaba porque no quería hacer las
tareas que le encargaba yo para su tesis, les da coba a las chicas
jóvenes para utilizarlas, y las que no son muy listas caen hasta que se
cansan y luego le evitan. Una noche hasta cerró el despacho con llave
estando yo todavía dentro. Cuando se lo recordé al día siguiente, en
buen plan, delante de todos, se rió de mí llamándome loca. Desde
entonces para mí es un cero a la izquierda, pero no lo puedo ignorar del
todo porque a medida que avanza la semana huele mal, y luego sigue
estornudando, escupiendo y aporreando el teclado fuerte para molestar
(esto me lo han hecho notar otros compañeros del despacho, cuando no
está delante), porque yo me pongo los cascos de aislamiento y dejo la
puerta abierta cuando nadie más está aquí, para que no invente más
historias y para protegerme. Hablé hace un año con el todavía jefe de grupo que me dijo que tenía
algún poder sobre la gente que se metía en este despacho, y también me
dio largas con comentarios displicentes y sin contemplaciones.
Hace
unas semanas su directora de tesis hablaba de lo "contento" que está en
el despacho. Yo aproveché para decir que yo no lo estoy y conté estas
anécdotas, que nadie se ha tomado en serio. He hablado con el actual
jefe de grupo pero no han habido más cambios. No sé a quién tengo que
acudir.
Hay otros casos en otros departamentos, y otros compañeros corroboran que es un caso clásico de manipulación, se hacen las víctimas y amenazan de acusarnos de racistas y misóginos para seguir haciendo lo que les da la gana sin atender a los demás. Hoy me ha amenazado de ir a la policía a acusarme a mí de racista. A mí. Clásico bully que amenaza para amedrentar y hacer lo que le da la gana. Pues no. Que diga lo que diga que se retrate quien quiera.
Parafraseando a Byung-Chul Han, premio princesa de Asturias de humanidades 2025, en su libro "La salvación de lo bello", se alerta sobre la superficialidad de la digitalización de la sociedad actual. Yo seguiré siendo una idealista y creeré en la utopía de que la
universidad debe dar ejemplo a la sociedad y no solo en redes, sino en
la realidad.